jueves, 13 de septiembre de 2007

La puerta de Roscoe

La puerta de Roscoe
de Jaime L. Marzán-Ramos

Estaba sentado frente al espejo, mojado y desnudo; acababa de salir del baño.  Con una vieja peinilla plástica -a la que le faltaban algunos dientes- deshacía los malditos nudos que en su escaso pero largo cabello le había formado el agua de la ducha. Esto lo hacía mecánicamente; sin prisa, sin dedicación… como hipnotizado.
-¡Coño, qué viejo estás, Roscoe! Mírate… ¡Hombre, mereces más que eso!
El hombre no hizo caso. Siguió peinándose, como si el gesto le sirviera de escudo frente a la burla.  Muy dentro de sí sabía que aquello no daría resultado, que tendría que buscar otra forma de escapar de aquella voz que lo atormentaba con su mofa. Fue entonces que notó una cierta profundidad en sus ojos y concentró su mirada en ellos. 
-Esta es mi puerta de escape –pensó-. Por aquí me voy y no me importa a dónde llegue ni cuánto me tarde...
-¿A dónde vas? –le preguntó la voz-. ¿Piensas que así escaparás? ¿Adentrándote en ti mismo? No seas necio, hombre. Puedo seguirte hasta el fin del tiempo; o hasta el mismo infierno, si es que hasta allí decides ir.
Roscoe sintió, sin embargo, que el acercamiento y la fijación en sus ojos le daba resultados; que la voz se alejaba, y con un cierto aire de triunfo se relajó y se dejó ir hacia su interior.  Comenzó a verse por dentro, (a engañarse); y a examinar los momentos cruciales de su vida…

…como aquél, cuando servía de mozo en un catamarán que llevaba turistas a la Isla de Palominos. 
-¿Cuánto tiempo había pasado? –se preguntó.
-¡Puñeta, Roscoe; si no te gusta tu trabajo, renuncia y vete al carajo! –le gritó uno de los grumetes.
Roscoe se había negado a limpiar los vómitos de un gringo que no soportó el constante vaivén y sube y baja de la embarcación. Estaban a mitad de camino entre Palominos y Fajardo y el tiempo no era el mejor para navegar, inclusive aquella corta distancia.
-¡Pues al carajo me voy! –contestó airado, a la vez que tiraba con rabia el trapo con el que se suponía recogiera los vómitos del continental. 
El coraje lo cegaba.  Del área de servicio del catamarán brincó a una de las cubiertas del navío y sin el menor cuidado casi corrió hacia la popa.  Antes de llegar allí, un súbito movimiento de la embarcación lo lanzó al mar.  Todo sucedió con tanta rapidez que nadie se dio cuenta. 
Como toda posible víctima de ahogamiento, Roscoe se hundía y regresaba a la superficie, tragaba del agua salada que lo reclamaba, braceaba y pataleteaba desesperadamente.
-Tranquilo… –escuchó a la voz decir-.  No te dejaré morir. Todavía no. Ya te dije que no sería tan fácil deshacerte de mí.
Buscando aquella voz, Roscoe giró una y otra vez sobre el pedazo de superficie que poseía hasta que, como salido de las mismas profundidades, se le apareció un pequeño bote de motor, tan cerca que casi le pega.
-Calma… calma... -oyó a alguien decirle, mientras lo subían a bordo-.  No te dejaré ahogar.
Roscoe sintió que lo subían al bote salvador y cerró los ojos.
-Y ahora; ¿a dónde vas? –escuchó a la maldita voz preguntar.
Roscoe comenzó a mirarse nuevamente por dentro; a engañarse otra vez.  A resistirse una vez más… 

…como aquel día, muchos años antes, cuando en el casino el “pit boss” de la mesa de dados en la que servía como crupier se le acercó para preguntarle al oído: 
-¿Qué te pasa, Roscoe?  Ese tipo te lleva de paseo…  ¿Cuántas veces ha hecho su punto? ¿Nueve, diez veces?
-Tiene suerte.  ¿Qué quieres que haga?
-Cambia los dados.
-¿En medio de la jugada?  ¿Estás loco?  Gritará que le hago trampas si no hace su punto…
-¡Cambia los dados, carajo!
-¡Cámbialos tu, cabrón! –exclamó, y diciendo esto, Roscoe dio media vuelta y se encaminó decididamente hacia la puerta de salida. 
Al mismo tiempo, a sus espaldas, una cortina del salón comenzaba a incendiarse.  Salió del casino y cerró la puerta tan violentamente tras de sí que no se dio cuenta de que el seguro de la misma se había activado con el portazo.  El lugar había quedado herméticamente cerrado.
No había pasado una hora.  Desde la acera contraria al hotel, Roscoe contemplaba, sollozante, cómo los bomberos, la policía y rescatadores trataban de auxiliar a las víctimas de aquella tragedia.  Y cerró los ojos amargamente…
-Te lo dije –escuchó de nuevo a la voz-.  ¡No tienes escapatoria!

Roscoe sintió escuchar un timbre, muy lejos.  Lentamente abrió los ojos y se vio nuevamente ante el espejo, pasándose la peinilla plástica, ahora casi sin dientes, por su ya no tan largo y más escaso cabello.  El timbre sonó otra vez, haciéndolo salir de aquel trance.
-¡Voy! Espere un momento… 
Se levantó lentamente.  Se sentía débil.  Llegó hasta la cama y comenzó a vestirse con una ropa que allí le aguardaba. Era un traje negro con chaleco, una camisa blanca y un lacito.  La chaqueta tenía una pequeña flor blanca prendida a la solapa.  Le faltaban los zapatos y no los encontraba. 
El timbre sonó otra vez, ahora con insistencia. 
-¡Ya voy, ya voy…! –contestó, mientras se acomodaba el lacito y se dirigía a la puerta.  En el camino notó que había dejado la del baño abierta y que en él ¡no había pared exterior! 
-¿Qué diablos…? 
El timbre volvió a sonar, mientras Roscoe, descalzo, se ponía la chaqueta y se acomodaba los hilachos de pelo que le quedaban.  Llegó a la puerta principal y la abrió para descubrir que allí no había nadie llamando…  Sorprendido, salió al balcón y con paso sigiloso se dirigió a la marquesina para encontrar en el lugar una carroza fúnebre que, con su puerta de carga abierta, aguardaba.
-¿Qué rayos es esto? –preguntó a gritos.  Miró hacia el portón de rejas que guardaba la entrada al lugar y vio que estaba cerrado con candado. 
¿Cómo diablos metieron este carruaje aquí? –preguntó a nadie.  La ventanilla del lado del chofer bajó y desde el interior del vehículo una voz que de inmediato reconoció, le preguntó:
-¿Cuántas veces quieres que te lo repita, mi querido Roscoe?  ¡No tienes escapatoria!
Sorprendido primero y desesperado después, Roscoe dio vuelta y regresó a la puerta.  La encontró cerrada por dentro, como la de aquel casino.  Entonces, recordó la pared del baño –la que no existía-.  Pasó junto a la carroza fúnebre al momento en que la ventanilla terminaba de subir para ocultar a quien la operaba.
-¡Maldita sea! –refunfuñó entre dientes. 
Al fin, Roscoe llegó al hueco que creaba en el baño la pared que no existía, subió al interior de la casa y se dirigió a su cuarto.  Se sentó otra vez frente al espejo y se miró a los ojos, fijamente.  Pero no pudo cerrarlos, como antes.
-No hay escapatoria -repitió la voz, ahora con un timbre consolatorio, mientras Roscoe tomaba la peinilla plástica, que ya no tenía dientes, y comenzó, mecánicamente, sin prisa ni dedicación, como hipnotizado, a peinar un pelo imaginario que, como el hueco en la pared exterior del baño, tampoco existía. 
Trató de cerrar los ojos, de volver a sus adentros, a sus memorias, a su puerta de escape –la que no existía- y a retomar un viaje que ya había terminado, pues él, sin darse cuenta… ya tampoco existía.

© Jaime L. Marzan Ramos, 2006

1 comentario:

Lynnette dijo...

Reacio a la realidad q a todos nos espera, asi habemos muchos