jueves, 13 de septiembre de 2007

El espía de pájaros

El espía de pájaros
de Jaime L. Marzán-Ramos



Justo a las 3:30 de la madrugada sonó el teléfono de la habitación.  Genaro Gutiérrez quedó sentado sobre el borde de la cama en la que había pasado, dormitando, horas de espera. Aquel timbrazo daba comienzo al día más importante de sus estudios en ornitología.  ¡Por fin había llegado el momento; su primer día de estudios internado en un bosque!  Y no en un bosque cualquiera, sino en uno de los pocos donde habita la urraca de pecho amarillo y aún vuela el tucán negro de pico rosado.
Con la premura que le prestaba el momento, vistió su traje de camuflaje y calzó sus botas largas de jungla, recogió su mochila y el equipo para acampar; bajó a la recepción del hotel donde el pequeño grupo de estudiantes y su profesor, el Dr. Jacinto Echegoyen, ya se reunían para desayunar y luego emprender el largo viaje en camión al lugar donde crecen los centenarios coihues. El ambiente estaba cargado de una gran expectativa. Todos lucían nerviosos, concluyó Genaro, luego de pasar revista a las caras de sus compañeros. La ansiedad por dar comienzo al viaje se notaba en cada “buenos días”, en cada sonrisa, en cada apretón de manos, en cada mirada…

Ya el grupo estaba terminando su desayuno cuando, cerca, cayó un primer rayo.  La cercana jungla se vistió, por un instante, de un pálido azul eléctrico y al segundo, le siguió el estrepitoso rugir del trueno y el súbito caer de una lluvia gruesa y cerrada.
-Bonito comienzo a tan importante día -pensó Genaro.
-No parará de llover en por lo menos un par de días- le aclaró al Dr. Echegoyen, en su idioma, el indio guaraní que les serviría de guía. 
Luego del desayuno, el grupo de futuros ornitólogos abordó el camión que, para colmo, no llevaba cobertizo. En lo que fue un ejercicio en futilidad, Genaro y la mayoría de sus compañeros se echaron sobre sus cabezas los pesados y calurosos ponchos de hule que, como parte del equipo de acampar, les había suministrado la universidad.
Así, pasaron más de dos horas de viaje por unos oscuros caminos que ahora, más que caminos, parecían ríos crecidos.  El camión se detuvo sobre una encrucijada en la que coincidía una doble y fuerte corriente que impedía su progreso.  Claramente, continuar con el vehículo sería muy difícil; mucho más que el seguir a pie, bordeando aquel torrente por entre la selva. El grupo debía llegar a un alto que, desde donde estaba, apenas se notaba entre la gris luz mañanera y la pesada cortina de lluvia que no cesaba. Aquel promontorio de seguro le brindaría a todos descanso y un lugar propicio para reagruparse.
Los pesados bultos repletos de equipo fotográfico, agua, comida, casetas, colchas, sacos para dormir, lámparas, y tanto más, fueron equitativamente repartidos para facilitarle el camino a cada individuo.  El grupo comenzó su marcha a pesar de que el sol no lograba traspasar las bajas y gruesas nubes y la lluvia continuaba cayendo tan gruesa que dificultaba ver a quien se tenía al frente.  A cada paso, alguien resbalaba sobre el fango o la hierba mojada, cayendo o haciendo caer a uno o a otro; al del frente, o al de atrás; o al que iba a su lado.  Los yuyos, muchos de ellos sumergidos, se aferraban a las ropas de los expedicionarios con sus afiladas espinas, como queriendo detener el progreso de los estudiantes.  Mientras, desde el frente de la columna, se escuchaba la voz del guía guaraní alentando al grupo.
-¡Adelante!  ¡No se detengan!  ¡Ya falta poco!- traducía Echegoyen.
Genaro, sin darse cuenta, iba separándose poco a poco del grupo según avanzaba.  La falta de visibilidad creada por la impertinente lluvia y su inexperiencia; el estar entre tanto árbol, sin un camino cierto a seguir y el coercitivo calor que le producía su poncho de hule lo complicaba todo.  Además, el súbito resbalón que lo llevó a caer sobre sus espaldas y deslizarse hacia el fondo de una hondonada, terminaron por aumentar la distancia entre él y sus compañeros. 
El doloroso estirón muscular que sufrió su rodilla izquierda durante la caída le hizo casi imposible ponerse de pie y continuar la marcha.  Cuando lo intentó, se le escapó un grito de dolor que se perdió en la espesura y su desesperado llamado de auxilio no le fue contestado.
Genaro se sintió solo.  La lluvia continuaba sin remedio y el frío que le causaba su inmovilidad comenzaba a invadirle los huesos.  A duras penas logró enderezar su pierna maltrecha. Ésto le trajo algo de alivio a su rodilla ya entumecida. Poco a poco, logró sentarse y acomodó a su lado la pesada mochila que hasta entonces cargaba colgada del hombro. Buscando alivio, se sopló y frotó las manos para crearles algo de calor y estimular la circulación de su sangre. 
Tan pronto pudo, comenzó a buscar en el bulto algo con qué llamar la atención del grupo que con cada segundo que pasaba más se alejaba.  Alguien se daría cuenta de su ausencia, pensó.  Tan seguro estaba de aquello que, en realidad, sintió que no había por qué preocuparse mucho. Estaba seguro de que, en breve, alguien llegaría a asistirlo. Además, allí tenía su cámara, sus binoculares, su cantimplora repleta de cognac y… tantas otras chucherías que, en realidad, de nada le servirían en caso de emergencia.
-Ay, Dios mío, ¡ahora sí que estoy jodido! -pensó.

El tiempo pasó y nadie llegó.  La lluvia seguía cayendo, y su rodilla le seguía doliendo; el frío lo seguía invadiendo y, a pesar de tanta humedad, sintió que se le secaba la boca.  Genaro salió de su estupor entendiendo que, ciertamente, nadie lo había echado de menos.  Que algo tenía que hacer. Levantarse de allí, ¡claro!, y tratar de llegar al alto donde el grupo de seguro ya estaba, era ahora su prioridad. 
Por fin logró ponerse de pie y con mucha dificultad comenzó a caminar en la dirección que entendió era la correcta.  No sabía que con cada paso que daba, se internaba más y más en la jungla y más y más se separaba del camino al alto y de sus compañeros.
Luego de lo que entendió fue una hora de vagar, Genaro se detuvo en un pequeño claro y se echó a descansar. Al minuto o dos de cerrar los ojos, quiso olvidar el dolor de su rodilla y terminó profundamente dormido.
Cuando despertó, no alcanzaba ver sus manos.  Todo estaba tan oscuro como la misma noche que lo envolvía.  Entonces, comenzó a escuchar ruidos extraños.  El “tut-tut” de algún pájaro que no reconoció; el deslizarse de una serpiente que deseó estuviera muy lejos, el chasquido de un rápido roedor entre las ramas caídas, el rápido vuelo del murciélago, el chirrido de los monos en la copa de un árbol cercano y el zumbido de algún mosquito que le quería picar, le hicieron desear estar de vuelta, por lo menos, en el hotel que dejó atrás ¿esta mañana?... 
Genaro volvió a encerrarse en su poncho de hule; volvió a sudar profusamente, su rodilla comenzó a dolerle otra vez, el frío le atacó sin misericordia y, gracias a Dios, volvió a quedarse dormido.

***
Un pequeño rayo de luz se coló por la maleable coraza que le formaba su poncho y le pegó molestosamente en los ojos. 
-Ya es día otra vez -pensó. 
Al momento sintió el caliente de su orina que lo mojaba profusamente.  Con gran disgusto echó a un lado el poncho y se miró la entrepiernas.  Durante la noche, el calor de su área genital le había atraído decenas de unas negras y gigantescas hormigas, hambrientas sanguijuelas y lo que pensó eran miles de distintos insectos, de todos colores.   Súbitamente se puso de pie olvidándose del dolor de su rodilla y comenzó, como loco, a sacudirse de aquella repugnante invasión. 
Allí estaba: perdido, adolorido; mojado por la lluvia, el sudor y su propio orín; friolento hasta el borde febril, hambriento, ultrajado por cientos de insectos y ¿por qué no reconocerlo? ¡terriblemente asustado!
Genaro miró a su alrededor buscando dónde dejar enganchado aquel pavoroso sentir y controlarse.  Entonces, decidió dejarse llevar por la paz y la exuberante belleza que lo rodeaba y, por fin, logró afinar sus sentidos. Aquel maravilloso espectáculo lo tranquilizó por un instante y lo devolvió a su inmediata realidad.  Sin embargo, llegó a sentirse como en el vientre mismo de la selva. Miró a sus pies y vio una tierra oscura, a ratos alfombrada con parches de musgos verdes y esponjosos.  Cerca descubrió un coihue; allá anchos alerces, altos como columnas catedráticas.  Y más allá, los brillosos arrayanes, los frondosos eucaliptos, los corpulentos ulmos cubiertos de líquenes y cipreses adornados con guirnaldas de hojas entretejidas por el viento que le significaron una prisión viva y verde. Sintió que aquel bosque valdiviano palpitaba silenciosamente. 
-Demasiado silencio -se dijo-; no se escucha ni el trinar de un pájaro…

Al rato, Genaro sintió que algo se movía hacia su frente.  Los altos matorrales que rodeaban el claro donde se hallaba se apartaron para dejar pasar la figura de un hombre bajito pero muy bien hecho.  Su piel cobriza y su pelo infinitamente negro brillaban.  Su cara y sus brazos los traía adornados con plumas de llamativos colores y sobre su pecho lucía un collar de piedrecillas, semillas y plumitas negras.  Una faja roja de algodón le sujetaba el taparrabos a la cintura. Sus fuertes piernas estaban adornadas con pintura color ocre y las rayas negras debajo de sus ojos le daban un aspecto feroz.  A sus espaldas llevaba colgado un arco y flechas y en su mano derecha portaba un corto pero muy afilado machete.
-¡Santo Dios! -exclamó Genaro, dejándose caer sentado-. ¿Quién carajo eres tú?
El indígena no le contestó palabra.  Se le acercó y puso a sus pies un saco de piel de carpincho con agua, y de otra pequeña bolsa sacó y le extendió un pedazo de coendú crudo. Genaro tomó lo ofrecido y, con cierta desconfianza, lo engulló sin detenerse a pensar cuán hambriento y sediento realmente estaba.  Mientras, el indio, que obviamente habitaba aquel bosque, lo escudriñó de arriba abajo; le palpó la rodilla provocándole un centellazo de dolor y le hizo seña de que esperara, de que no se moviera de allí.  Enseguida desapareció entre los arbustos y Genaro quedó otra vez solo.
-¡¿Qué carajo fue eso?! -se preguntó exaltado y a viva voz-. ¡Oye, regresa!  ¿No ves que no puedo dar un paso? 
Nadie le contestó.

Al rato el indígena reapareció, esta vez con una muleta improvisada que depositó frente a nuestro explorador.  De inmediato, y con una sorprendente agilidad, el indígena subió casi hasta la copa de un álamo que allí cerca crecía y comenzó a hablar en su natal guaraní.
-Y ahora, ¿qué hace?  ¿Hablando con sus dioses? -se preguntó Genaro con cierto sarcasmo y en voz baja.
Entonces, con la misma agilidad que subió, el hombrecillo bajó del álamo y, sin decir palabra, por puras señas, le indicó a Genaro que le siguiera.  Éste se incorporó y luego de tratar de cargar con todo lo que hasta allí había traído, decidió dejar atrás su poncho de hule, su equipo fotográfico y su cantimplora con el coñac.  Se colocó bajo el brazo la muleta, recogió el saco de agua de piel de carpincho y comenzó a caminar con mucha dificultad, siguiendo al guaraní que con suma rapidez se abría paso entre la exótica vegetación que les rodeaba. 
El indio caminaba a pie firme, muy confiado y conocedor de aquellas tierras.  De vez en cuando miraba hacia atrás para asegurarse de que aquel hombre blanco lo seguía y de que no se le volvería a perder.  Luego de un largo trecho, Genaro vio cómo el sol por fin penetró el techo vegetal y trajo consigo un candente vapor y el putrefacto y penetrante hedor que sólo producen las plantas y animales muertos.
En realidad, no pasó mucho tiempo antes de que Genaro se encontrara una vez más bañado en sudor y ahora con la añadida molestia de una axila ulcerada. Para colmo, algo en el aire le hizo estornudar, y con la expulsión del aire de sus pulmones, vino la involuntaria expulsión de sus heces líquidas.
Genaro no podía más.  Lo había sufrido todo.  En un gesto de desesperación llamó al indio para que se detuviera; para que le ayudara.  Finalmente, se dejó caer al suelo sollozando de miedo, agobiado por el dolor en su rodilla y el ardor en su axila; sufriendo por el frío y la fiebre que lo embargaba; por el hambre y la sed que sentía, y por la vergüenza de andar casi cubierto de orín y excremento.
El indio regresó hasta donde Genaro había caído y lo ayudó a ponerse de pie, mientras murmuraba en su idioma algo que nuestro héroe no pudo entender.  Así, llegaron a una pared de plantas que lucía impenetrable.  Con su filoso machete, el indio abrió una brecha por la enredada maleza y ambos pasaron al otro lado.
-¡Oh, Dios! -exclamó Genaro cuando, ya rendido por el esfuerzo de cruzar aquella maya, se fue de bruces a una zanja que bordeaba una ancha carretera. 
El indio le ayudó a sentarse sobre una grama bien cuidada al tope de la zanja y le hizo señas para que se quedara allí a esperar.  De inmediato, sacó una de sus flechas, le amarró la faja roja que llevaba a la cintura y la clavó en la tierra, al lado del espía de pájaros.  Mientras Genaro tomaba agua de su saco de carpincho, el guaraní sacó, de no se sabe dónde, un teléfono celular y marcó un número.  Al segundo comenzó a hablar con alguien con un tono de urgencia. Terminada la conversación, el indio le dirigió una sonrisa a Genaro, dio media vuelta y se internó en la jungla.
No pasó mucho tiempo antes de que Genaro escuchara en la distancia la sirena de un vehículo que se acercaba.  Tomó su saco de agua y utilizó lo poco que en él quedaba para lavarse la cara y refrescar sus ojos, rojos de llanto y heridos por la sal de su sudor.  Cuando terminó, vio que allí, a menos de dos metros de él, una atrevida urraca de pecho amarillo picoteaba la tierra buscando alimento. 
A pesar de su precario estado, Genaro no pudo contener la risa.  ¡Aquel viaje, de lo sublime a lo ridículo, no podía terminar así, con aquella inverosimilitud!  Extenuado, pero aún sonriendo, se dejó caer hacia atrás para recostarse sobre la grama.  Entonces suspiró profundamente mientras sus ojos se fijaban sobre un inmenso cielo de azul intenso, falto de nubes, por el cual surcaba, en un majestuoso y silente vuelo, lleno de gracia, un hermoso tucán negro de pico rosado.



© Jaime L. Marzán-Ramos, 2005

1 comentario:

Lynnette dijo...

Y tu vo q ir tan lejos??? A Argentina!!!
Como dice un famoso refrán "tanto nadar para morir en la orilla!!"

Muy creativo e ingenioso lo del indio con el celular. Como suelo decir "a pues bien..."