jueves, 13 de septiembre de 2007

El cambio

El cambio
de Jaime L. Marzán-Ramos

El clic de la cadena del interruptor eléctrico no solamente terminó con el grueso silencio que en aquel pequeño recoveco habitaba, también acabó con la oscuridad que yacía allí prisionera.  Ocho bombillos se encendieron simultáneamente; dos a cada lado del marco rosado que sostenía un viejo y manchado espejo que, fijo a la pared, coronaba una dilapidada mesita de madera cubierta por una capa de formica, visiblemente gastada justo donde antes habían descansado miles de brazos como los suyos.
Inclinándose, entró a un campo amarillo de iluminación y pudo ver su cara retratada en el espejo. Le pareció endémica y estirada.  Se miró a los ojos y de inmediato adivinó el distorsionante efecto que surtía en ellos el coraje que le ocasionaba el no saber de él, la inseguridad de su relación y el haberse entregado, si no en cuerpo seguramente en alma, a quien por sus acciones le afirmaba el desdén del que se sentía víctima.
-¿Dónde estará?  ¿Qué estará haciendo y con quién?  ¿Por qué no llama?  ¿Qué lo retiene? 
Estas preguntas se las hacía una y otra vez, mientras continuaba mirándose al espejo y comenzaba a sudar. Nerviosamente, sacó de una cajita de cartón un par de toallitas de papel y, con una serie de movimientos rápidos, secó su frente.
-¿Qué carajos hago aquí… en este teatro de mierda, preparándome para una actuación de mierda en una obra de mierda…?
-¡Coño! –exclamó eludiendo a duras penas el nudo en su garganta, mientras que con un sólido golpe hizo saltar los pomos de crema, cepillos, peines, polvos, esponjas y líquidos que componían sus efectos de maquillaje.
Seguido, sopló su nariz y tomó una mota húmeda y mugrienta que había terminado de rodar cerca de su mano y la hundió en su cajita de polvo. Con unos rápidos movimientos comenzó a polvorearse la cara.  Y a cambiar…  Se llevó el benjamín derecho a la boca, lo mojó con su saliva y lo pasó sobre cada ceja.  Súbitamente se detuvo y volvió a mirarse a los ojos, ahora con mayor concentración.
-¿Cómo es que no está aquí para mirarme con la misma intensidad y el mismo deseo con que yo lo miro?
De entre la oscuridad que le rodeaba, su mano alcanzó el crayón negro con el que se acentúa la línea de sus párpados y los pintó con experta celeridad.  A esto le siguió el tubito que con su brocha redonda y tinte ennegrecía y alargaba las pestañas en curvaturas. 
-¡Diez minutos! –oyó decir a alguien que, a la vez, golpeó tres, cuatro veces a la puerta.
-Diez minutos… ¿para qué? ¿Para salir a escena a representar lo que no soy? ¿A caracterizar una mierda de personaje en una mierda de comedia que a nadie hace reír? ¡Qué vida!
Buscó una vez más en la oscuridad de la mesa; alcanzó un pincel y su estuche de colores y comenzó a desparramar sobre los ojos una sombra pálida y brillosa.  Sus largos dedos, adornados con uñas falsas de un color crema que contrastaba con su piel caoba, se movían ágilmente, continuando el cambio.

-¿Dónde estará ese hombre? Él sabe que esta noche es el estreno; que es cuando más falta me hace…
Con extrovertido afán buscó entre los artículos que había regado con su golpe sobre la pequeña mesa. Tomó el tubo de lápiz labial y, girando su base, hizo aparecer lo que le pareció un pene rojo.  Mirándolo, sonrió con una pizca de sarcasmo.
-¿A qué se me parece? –se preguntó, con una voz que ya no era la suya-.  A ver… ¡Ah!, ya sé… pero, el color no es el mismo… -terminó diciéndose, deleitándose con su comentario y aquel nuevo tono vocal.
Suprimiendo una carcajada, comenzó a pintarse los labios, formando con el color una pequeña boca sobre sus amplios y gruesos labios.  Y el cambio continuó…

-¡Cinco minutos! –volvió a exclamar la voz detrás de la puerta, mientras repetía los tres, cuatro golpes anteriores.
-¡Ya va!
-¡Cinco minutos! –recalcó quien fuera.
-¡Cinco minutos! Eso es lo que te queda para salir a escena; para hacer el mayor de mis ridículos –pensó, mientras alcanzaba la cabeza sin cara que sostenía la peluca rubia y enrizada que debía usar.
-Creo que este pelucón me queda mejor a mi, querida –le dijo a la cabeza sin cara que parecía mirarle.
Con un ligero movimiento se colocó la falsa cabellera sobre la suya, y con un par de jalones de aquí y allá logró fijarla tal como la quería. Y el cambio seguía…

-¿Ah? Y tú, ¿quién eres? –le preguntó a la imagen que le hacía muecas desde el espejo-. Ridi, pagliaso. ¡Ridi! –se dijo, mientras se colocaba al cuello la cinta roja que escondería de todos su protuberante nuez de Adán-. ¡Perfecto!- exclamó-. Bueno… casi perfecto.
Sólo faltaba un detalle. Se puso de pie y se despojó de la bata rosada con cuello de plumas blancas que hasta entonces había cubierto su desnudez y notó que ahora el espejo sólo reflejaba sus diminutos testículos y pene.  Con un ensayado y medido movimiento comenzó a subirse la pequeña faja elástica que le cubriría, y haría desaparecer, aquellos insignificantes instrumentos que de muy poco le servían.
-¡A escena! ¡A escena! –se volvió a escuchar la voz detrás de la puerta, a la vez que la golpeaba tres, cuatro veces.
De inmediato, se abrochó el sostén relleno y emplumado que simulaba unos enormes senos y entró de pie al espacio interior de la ancha faldeta que escondería sus largas y musculosas piernas. Entonces, se miró nuevamente al espejo y notó que su cara ya no lucía endémica ni estirada… vio que era otra.  Con un súbito y sensual movimiento de caderas que hizo revolotear la falda, le dio la espalda al espejo y con un clic de la cadena del interruptor dejó el cuartucho en su pesada oscuridad, sumido en un grueso silencio.  A su salida, antes de cerrar la puerta tras de sí, se le escuchó tararear: Ridi pagliaso... 
El cambio estaba completo.



© Jaime L. Marzan-Ramos, 2007

1 comentario:

Lynnette dijo...

La vida de muchos.....